Comenzó en un juego de kickingbol, en un terreno baldío del sector Panamericano, donde sus besos parecían como un jonrón con tres hombres en base. Me estremecí tanto que yo creía que estaba en un juego de La Chinita. El marcador me favorecía. Desde ese momento yo me creía el cuarto bate y ahora novio de la madrina.
Cada día que pasaba era clásico pero no de caballo y tampoco de fútbol, sino de momentos como el no hit no run de Wilson Álvarez. Ella era bonita, tan bonita que parecía una nadadora sincronizada como María Elena Giusti. Su caminar era tan perfecto que yo creía que estaba en un maratón de marcha.
La relación fue como un juego de béisbol. Yo era un pitcher excelente, de puras rectas. Ella tenía el rol de utílity, es decir, jugaba todas las posiciones, pero era guante de oro como catcher. Todas las bolas que le tiraba las agarraba y a la hora de batearla cogía el bate más grande y lo tomaba con tanta fuerza que siempre pegaba hit.
Yo la quería, como quiero al Unión Atlético Maracaibo, a los Gaiteros del Zulia, a las siempre Águilas del Zulia y también a los Toros del Zulia, aunque toro parecía, cada vez que la veía... rugía como un semental sin saber que apenas llegaba a novillo.
En la primera entrada todo era normal. El marcador estaba cero a cero. Ni ella peleaba y yo tampoco. Nos entendíamos a la mil maravilla, como lo hacen todo árbitro de fútbol con los linieles. Teníamos muchos fanáticos que nos apoyaban. Casi nos pedían autógrafos. Éramos grandes. Juntos dominábamos aquellos que ponían bajo protesta todas nuestra jugadas.
Desde que empezó este juego a nadie le agradaba la idea, pero a nosotros sí. En la parte baja de la tercera entrada comenzamos a desconocer nuestras señas. Ella pedía recta y yo le daba curva. Cuando ella pedía curva yo no le daba nada. Se convirtió en un toma y dame como juego de tenis de mesa. El marcador se colocó una a cero a su favor, ¡y eso que éramos del mismo equipo!
Yo como buen lanzador tenía que obedecer las señas de mi receptor. Como siempre los lanzadores salen perdiendo el encuentro, pero todo era para salvar el juego que ya lo comenzaba a perder.
En la cuarta entrada empaté el partido con cuadrangular que venía incluido con una lluvia de flores como si estuviéramos en una plaza de toros, y ante aquello me sentí de nuevo importante.
La quinta entrada mejor no pudo ser. Blanqueo de leyenda y todos querían ser pitcher, puros relevistas. El problema radicaba en que yo continuaba todavía en la lomita, porque no estaba cansado.
Luego vino la sexta entrada. Ya esta torre se estaba cayendo como las gemelas, y me estaba metiendo en problemas. La primera advertencia vino con dos out. Pidió recta y la embarré, le di curva y de las malas. Ya esto no se estaba convirtiendo en diversión, con par de out tenía hombres en posición anotadora listo para una pifia mía y robarme hasta los pantalones, algo que no pasó en la quinta, por suerte.
Vino la séptima entrada, la que muchos denominan el “lucky seven”. Allí me repuse a la emboscada que me hizo en la pasada entrada, y con paciencia logré salir de los problemas sin mucho contratiempo. Pero vino la declable en la entrada ocho. Aquí se acabó mi juego. Mi pitcheo principal estaba duro, pero se me cayó. Traté de hacerle caso a mi catcher quien me pidió un lanzamiento y, con tan sólo un batazo, se pusieron arriba dos a una y de paso me sacaron del juego con abucheos para traer un relevista que estaba en la lista de espera. Salí decepcionado de la lomita y de paso me resbalé en la escalera, donde todos me vieron y me gritaban que me fuera a bañar. No sé para qué si yo estaba limpio.
Al siguiente día me botaron del equipo sin derecho a réplica. Todo porque no supe leer las señas que me realizó mi catcher, ¡Que decepción!.