Como todas las tardes, salgo en busca del triunfo y la gloria para un territorio llamado hogar. En mi morral empaco un paño desteñido, una franela rota y unas zapatillas usadas que me regalaron. Un billete de baja denominación es lo que me acompaña para el pasaje y la esperanza de que en algún momento las personas que tanto se alaban por nuestros logros, puedan recordarse de muchos nombres que los hacen a ellos importantes.
Por momentos, de camino hacia nuestro templo, pienso como hago para no ver al jefe de mi entrenador que exige cada día mayores resultados, para luego recompensarnos con una medalla y una palmada en la espalda.
Comenzamos el entrenamiento lleno de ilusiones, con la creencia de que lo realizado nos hará grande por mucho tiempo, sabiendo que la gloria deportiva sólo dura unos meses. Salimos a calentar trotando cinco kilómetros, de regreso todos sudorosos y extenuados por el cansancio buscamos agua de donde no la hay, no tenemos un filtro como tomar este vital liquido, sólo un par de señoras ofrecen un poco de la suya para mojarnos los labios y no deshidratarnos de la sed.
Corriendo, saltando y volviendo a correr por más de tres horas de entrenamiento, muchos cansados se echan a llorar porque no aguantan más el dolor de sus piernas. De mis compañeros son algunos que emigraron de otros pueblos en busca de una mejora como deportistas, académica y económica, el problema es que sólo les dieron una habitación y comida de vez en cuando.
Ellos sin importarles eso salen a correr en cada competencia representando los colores dignamente de su estado.
Ya terminado el día de entrenamiento un señor vestido con camisa blanca, pantalón negro y corbata roja se acerca prometiendo lo que cada político de oficio ofrece pero sin cumplirlas, sólo lo hace por simple formalidad, ya que, se acercan nuevas elecciones y todos debemos decidir un nuevo jefe.
Y en ese momento me pongo a pensar de que vale “que el cachicamo trabaje pa’ lapa” cuando no aprecian nuestro SUDOR y LAGRIMAS dejadas en una pista.

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